

Dejemos que la nostalgia nos invada y recordemos ese primer congreso que desencadenó todo el Imperio que actualmente nos rodea.
Era un 13 de Diciembre. Miércoles para más señas. Las piezas estaban dispuestas sobre el tablero: un nuboso día de invierno (aunque cálido debido al conocido efecto invernadero); tres novatos comensales; una casa en Montealto cedida para el efecto y una olla con un sorpresa en su interior. El riesgo de combustión espontanea se cernía sobre nuestras cabezas porque lo que alli dentro se cocía no era otra cosa que un botillo. Pero no cualquier botillo. Era el botillo leonés.
El destino nos guardaba ciertos reveses que supimos esquivar habilmente: una olla que no se abre, una casa que se perfuma... pero la gesta fue memorable y el botillo calló rendido ante nuestros paladares. Nada sobró. Nadie, ni el más osado, quedo con apetito. Pero la coregrafía de sabor no había acabado. No solo Pablo Otero (célebre futuro creador de la Beca Pablo Otero para cocineros solteros novatos)nos deleitó con un vino tinto digno de las mesas de los Dioses, sino que además creó un trozo de cielo llamado tiramisú con el que nos empujó a una siesta memorable delante del televisor.
Muchas fueron las consecuencias del congreso, y no todas agradables. La leyenda habla de estomagos estropeados durante días en alguno de los presentes. Otros acudieron raudos al gimnasio a quemar las calorías sobrantes antes de que fuera demasiado tarde. Otros, simplemente, no volvieron a hablar de lo alli sucedido. Pero lo cierto es que se creo una semilla. Un precedente. Y esa semilla ha crecido hasta generar el mas prestigioso congreso gastronomico de Europa.